
Economía, gestión y antagonismos: cómo se construye el voto en Argentina y Neuquén
Emiliano Sapag
Durante casi dos años el Gobierno nacional construyó su legitimidad sobre un objetivo muy concreto: derrotar la inflación.
Argentina venía de convivir durante años con aumentos permanentes de precios que terminaron desmadrando cualquier posibilidad de planificación familiar o empresarial. Lograr quebrar esa dinámica era una condición indispensable para recuperar estabilidad.
Y, objetivamente, los números muestran una desaceleración importante con la última medición mensual en 1,9 %..
Pero las elecciones rara vez se definen únicamente por indicadores macroeconómicos.
A medida que la inflación pierde protagonismo, aparecen otras preguntas.
¿Alcanza el sueldo?
¿Se consume más?
¿Las familias vuelven a endeudarse menos?
¿Se puede ahorrar?
En estas preguntas se encuentra encerrada gran parte de la batalla electoral.
Incluso dentro del propio oficialismo empezó a instalarse una frase que hace algunos meses no existía: "la macro todavía no llegó a la micro". Es decir, el equilibrio fiscal, la baja de la inflación y cierta recuperación de la actividad todavía no logran traducirse plenamente en una mejora perceptible para gran parte de los hogares.
Las estadísticas oficiales muestran señales mixtas.

La inflación continúa desacelerándose, pero el consumo masivo sigue ofreciendo indicadores débiles, la confianza del consumidor volvió a retroceder en julio y los niveles de mora en algunos créditos de las familias permanecen elevados.
En términos políticos, la inflación fue el problema que llevó a Milei al poder, pero el consumo puede ser la variable que determine si permanece en él.
La variable política
Sin embargo, existe otro componente menos económico y más emocional.
El temor al regreso del kirchnerismo.
Buena parte del electorado continúa comparando la situación actual no con un escenario ideal, sino con el recuerdo de los últimos años del gobierno anterior.
Mientras esa comparación siga siendo favorable para el oficialismo, muchos votantes parecen dispuestos a tolerar un presente todavía incómodo esperando una mejora futura.
Es una lógica política conocida, no se vota solamente por lo que se tiene, también por lo que se teme perder.
Neuquén juega otro partido
En Neuquén, en cambio, la ecuación presenta diferencias importantes.
La provincia convive con un costo de vida considerablemente más alto que el promedio nacional, impulsado por la dinámica petrolera y los mayores ingresos de una parte significativa de la economía.
Pero esa misma actividad sostiene un consumo mucho más dinámico.
Mientras a nivel nacional las ventas en supermercados continúan mostrando dificultades, Neuquén volvió a exhibir un importante crecimiento interanual. En términos reales, en mayo se vendió un 7,8% más que el mismo mes del año pasado, consolidando una realidad económica distinta a la del resto del país.
Los antagonismos del pasado
Mientras que Javier Milei encuentra parte de su fortaleza electoral en el profundo rechazo que todavía genera el kirchnerismo, Rolando Figueroa ya no dispone de un antagonista equivalente.
El Movimiento Popular Neuquino, que durante más de seis décadas ocupó el centro del poder provincial, atraviesa probablemente la crisis más profunda de su historia y dejó de representar una amenaza competitiva para el oficialismo.

Por eso el Gobierno neuquino construye su legitimidad sobre otros pilares.
El primero es la Neuquinidad, entendida como una identidad provincialista que camina hacia las urnas al ritmo del cultrún, con la cordillera de los andes y sus ríos y lagos de fondo y que busca trascender las divisiones partidarias tradicionales.
El segundo es mucho más concreto: la validación permanente de la gestión.
Obras públicas, infraestructura escolar, rutas, créditos, equilibrio fiscal, inversiones energéticas y presencia territorial aparecen como los principales argumentos para renovar la confianza ciudadana.
Mientras Milei necesita que la economía llegue al bolsillo, Figueroa necesita que las obras lleguen al barrio.




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