
La vieja política intenta meter un pie y pide revancha
Leo Madeira
Lo interesante en esta ocasión fue que eligió victimizarse intentando generar empatía con alguna parte del electorado que aún lo recuerda y no se siente del todo representado por ningún posible candidato.
El tres veces gobernador publicó en sus redes sociales: “A algunos les molesta … que el MPN se ponga de pie”, y siguió: “Nos quieren quietos, sumisos y en silencio…”.
Lo que Jorge Omar Sobisch no alcanza a divisar es que acá el problema no es ni el MPN, ni el silencio, ni la quietud, ni la sumisión. El tema en cuestión es, por un lado, la simple aparición estratégica para trabajar en post de una futura ruptura de la actual gestión, buscando solamente poner palos en la rueda o un pie encima de Figueroa y de la alianza política que él representa. Y por el otro, y más grave aún, es que lo que se cuestiona de su repentina aparición es, sobre todo, lo que su imagen trae aparejada.
A nadie le molesta que el MPN se ponga de pie y esté a la altura de su historia. Por el contrario, la reciente gestión electa, según sus palabras, va a tratar de sacar al partido sextogenario de las sombras e inactividad, donde lo dejaron sus salientes autoridades, apostando a un resurgimiento del mismo.
Lo que hoy realmente está en el tapete es mucho más profundo que eso.
A los memoriosos, lo que hoy les hace ruido realmente tampoco pasa por las ganas de Jorge Omar de intentar romper lo armado en 2023 y hacerle el juego a la nueva derecha liberal pro mercado, que con ganas se presentaría a elecciones municipales y/o provinciales.
Lo que quizás más se cuestiona no es otra cosa que sus innumerables causas que afrontó ante la justicia una y otra vez, por asuntos de represión, así como también de corrupción en reiteradas ocasiones.
No es que porque tenga 83 años no pueda involucrarse en política. Ese no sería el problema. Lo que se pone en juego es el daño que le causó a la imagen gubernamental y a la de su propio partido.
Es la causa Fuentealba del 2007, docente que murió en Arroyito durante una protesta pacífica en un operativo policial comandado por él. O la causa Temux, en la cual Sobisch fue acusado de sobreprecios en la compra de material informático para la policía de la provincia. O el crédito personal que en 1998, y siendo gobernador de la provincia, le pidió al CFI; conducta incompatible por donde se lo mire. O la cámara oculta de Taylor. O la zona liberada en 2006 entre la UOCRA y los docentes en Plaza Huincul. O los créditos blandos impagos, otorgados a empresarios amigos para desarrollar viñedos en El Chañar. Y tantas otras que podríamos nombrar.
Hoy nadie quiere silenciar, ni buscar sumisión, ni mucho menos no escuchar a quienes tienen años y experiencia en altos cargos. La clave es, los posicionamientos totalmente opuestos entre la vieja y la nueva política. La cuestión pasa por pagar los sueldos más altos del país a los docentes y policías o fomentar la violencia y la protesta social. Es tener una “tolerancia cero” a los hechos de corrupción o aceptarlos.
Quizás hay que dejar de victimizarse y aceptar lo hecho en el pasado y como la sociedad hoy decide juzgar a determinados ex funcionarios.
No es la política ni la economía, es el sentido común.








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