Parrilli vació la interna del PJ antes de que hablen las urnas

Las exclusiones y sospechas que rodearon la elección dejaron al descubierto un método de conducción basado en el control.
12 de marzo de 2026RedacciónRedacción

La interna del PJ de Neuquén terminó convertida en una escena conocida del peronismo provincial: menos debate, menos competencia y más maniobras de aparato. En ese contexto, el mensaje difundido por Ever Urrutia -militante del partido-  funcionó como una síntesis del malestar que recorre a una parte del justicialismo. “Siguen proscribiendo compañeros, siguen teniéndole miedo a que las afiliadas y afiliados peronistas se expresen en las urnas”, denunció el dirigente, al apuntar de manera directa contra el sector que responde a Oscar Parrilli. La frase no aparece en el vacío: llega después de una secuencia de impugnaciones, bajas de listas y fallos que fueron achicando la competencia interna prevista para el domingo 15 de marzo de 2026. 

La crítica a Parrilli no se explica sólo por su peso histórico dentro del partido, sino por el modo en que volvió a quedar asociado al control del sello partidario. La lista de César Godoy fue dada de baja por la Justicia Federal por inconsistencias con los avales, mientras que el espacio de José Asaad quedó condicionado por el fallo de la Cámara Nacional Electoral sobre expulsiones de afiliados. Aunque cada decisión tuvo su encuadre formal, el efecto político fue uno solo: la interna se fue cerrando y el sector referenciado en Parrilli quedó como principal beneficiario de un proceso cada vez menos competitivo. Eso alimentó la percepción de que el exsenador no ordena al PJ: lo encapsula. 

Ahí es donde el planteo de Urrutia golpea con más fuerza. Cuando afirma que “con viejas artimañas, con el típico ‘Cristina dijo’… lograron que la renovación en el justicialismo neuquino, al menos por ahora, no sea posible”, no sólo cuestiona una decisión puntual: cuestiona un estilo de conducción. Parrilli aparece, otra vez, como el dirigente que prefiere un partido subordinado antes que un partido abierto. Y ese es probablemente el punto más débil de su liderazgo: después de años de manejo interno, el PJ neuquino no muestra fortaleza, crecimiento ni capacidad de ampliar su representación, sino una estructura cada vez más chica, más cerrada y más dependiente de la lapicera de unos pocos. 

También resulta difícil separar este presente de la trayectoria política del propio Parrilli dentro del peronismo neuquino. Sus adversarios internos le reprochan haber convertido al partido en una herramienta de administración de candidaturas y cargos, con escaso margen para la discusión genuina. La crisis actual parece confirmar esa mirada: en lugar de una interna que revitalice al partido, el PJ ofrece una escena de expulsiones, judicialización y sospechas. Aun cuando Parrilli no firme cada resolución, su figura queda pegada al resultado final, porque hace años que representa el poder real dentro de esa estructura. El problema para él es que ese poder ya no transmite autoridad: transmite desgaste. 

Por eso, más que una victoria del parrillismo, lo que esta interna expone es la crisis terminal de un modelo de conducción. Urrutia cerró su mensaje con una consigna explícita: “Parrillismo Nunca Más en Neuquén”. El tono es duro, pero encuentra eco en un sector del peronismo que ya no discute sólo nombres, sino métodos. Si Parrilli logra retener el control partidario después de haber llegado a esta instancia con listas caídas, candidatos cuestionados y una competencia menguada, podrá conservar el aparato, pero difícilmente recupere legitimidad. Y un partido que reemplaza urnas por maniobras puede retener un sello, pero pierde cada vez más política

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